
Me distraigo. Debería concentrarme en lo importante que me proporciona esta corta vida. Debería pensar en escribir una historia: por ejemplo la del soldado que participó en multitud de batallas, que vio, durante algún tiempo, el horror de forma cotidiana y aun era capaz de sentir amor. Sentía un amor inquebrantable por la belleza y sobre todo por la vida, aunque la suya no fuera envidiable a los ojos del resto de los mortales. Debería viajar con él por un París de esperanzas y cielos grises, acabar sus días en la mesa del fondo de un imaginario bistró. Debería impregnarme de vino y de pastis y rematar su muerte añorando una llanura castellana soleada en primavera. Pero me distraigo.
Me abstraigo con el trabajo, tan necesario y tan material. Bendito maná en este desierto de la crisis, maldita maldición cainita. Cuento con afán la aséptica historia, aunque no siempre limpia, de la riqueza de otros y me olvido de tus ojos. Sufro el justiprecio y la amortización de los bienes ajenos que no se han de codiciar. Me pierdo en el laberinto de la incertidumbre, la ansiedad que provoca el retorno a la miseria sin darme cuenta de que nunca me abandonó del todo, sigue por aquí, emboscada en mis genes. Y así no veo pasar el tiempo implacable por tu figura y me apena pensarlo y pensar que a mí me pasa lo mismo. Me chivan las canas y los pelos de las orejas y de la nariz y mi desgana y mi fatiga que el tiempo ha pasado y ya no te bebo con el ansia que la sed juvenil me proporcionaba. Nos proporcionaba. Pero a veces salgo de mi abstracción y brilla la luz de tu sonrisa. Siempre estas ahí, pidiendo poco y dando mucho, para lo bueno y lo menos malo. Es terrible caer en la cuenta de que nadie nos devolverá los tiempos ganados por otros y perdidos para beneficio de los mismos. Ayer un niño me confesó que los elixires son patrañas y que los reyes magos son los abuelos, disfrazados de góticos, de reyes góticos, se entiende.
Me distraigo en las jaquecas que me producen mis torpes agudezas de recuerdos y mi madre me tala la peana. Es impúdico quejarse delante de según que gente. Privilegios de pobre vivir algo mejor que tu semejante. A mayor privilegio peor peana ¡Benditas ecuaciones “quesadianas”!
Me engatusa el hastío cotidiano y me alelo ante los pasatiempos que esta sociedad nos provee. De esta manera no viajo con aquella mujer que decidió dar cortes de manga al pasado, que se salto convencionalismos y supersticiones. Nadie dejará testimonio de su paso. O sí, si al final logro relacionarla con un soldado, ese que vivió mil batallas, de uniforme, entre Brunete y Dunkerque, de paisano, entre La Puerta del Sol y Montparnasse. El mismo que morirá siendo un proyecto de poeta y un docto borracho, olvidado en la memoria histérica de un país que no necesita pasado.
Y como siempre me tiene atolondrado el miedo al turismo en contraposición al viaje. Me atolondro y pierdo el tren que me ha de llevar de Cádiz a Shangai, de los chicharrones al arroz, del carnaval al año del tigre. Y por eso sé que llego tarde y no tomo el avión de Linares a Brooklyn haciendo escala en Caspueñas. Lo desprecio porque en Nueva York no saben de callos, entresijos y boquerones en vinagre. Antes pasar por atrevido ignorante que por miedoso.
Me entretiene el ruido de la calle, el ruido de las casas. El ruido de la mala baba, la bronca, la pobreza de melodía y acabo por no escuchar la música que ayer agitaba mi espíritu. Temo que al poner el soporte digital en vez de acordes y falsetes la voz del interprete me hable de abandonos, de lejanías y dejadez. Me da una pereza de siglos explicarle las distracciones que sufro y no quiero mendigarle canciones como mendigo besos y senos y tibiezas extinguidas. Me enfurruño como un niño: yo no beso, tú no cantas. Ni que decir tiene que no me asomo a un concierto, temo que un cañón de luz me deslumbre y una voz en off me cuente como le ha ido desde la última vez. Milito fervorosamente en la realidad y me dan ganas de gritar: ¡Vivan los servicios informativos! ¡Pónganme mil desgracias sobre la mesa!
Y como me distrae la lluvia me olvido de la esperanza. La memoria no me asiste para contarme que habrá soles y viajes, amigos y música y que al final el último pensamiento de aquel soldado, mientras apuraba su último cigarrillo, fue que valió la pena, siempre lo vale.
¡Puta lluvia de los cojones!
Y así pasan los días, las semanas, los meses y los años. Pasan como un espiral, no sé si centrípeto o centrífugo. Me la pela los espirales y sus trayectorias. La realidad se va comiendo a la fantasía y al parecer la vida es tragarse fantasías y engordar realidades hasta que seamos engullidos por la realidad última, la innombrable. Entonces ya dará igual los recuerdos de una borrachera parisina que nunca ocurrió.
¡Qué cosas pienso! Serán fruto de la distracción.