
En la madrugada del primer domingo de septiembre una dotación de la policía acude a socorrer a un herido en una reyerta dentro del recinto ferial. Es la hora de dispersar a los jóvenes que hacen botellón alrededor de sus flamantes coches, con sus flamantes equipos estereofónicos a todo volumen. Son las fiestas patronales del municipio con la renta per cápita más alta de España: Pozuelo de Alarcón.
Fuera por la reyerta, fuera por la orden del desalojo del recinto ferial y por ende el fin de fiesta, lo que pasó allí lo sabemos todos. Vandalismo. Energúmenos borrachos incendiando coches de la policía local y nacional, intento de asalto a una comisaría, destrozos de mobiliario urbano, etc.….
Lo llamativo, que no sorprendente, es que estos angelitos, en su mayoría provienen de familias acomodadas cuando no adineradas, estos rufianes de ropa de marca son los futuros cachorros que formarán la flor y nata económica, política y legal de este país. Ha cogido por sorpresa a las autoridades lo allí ocurrido. Cómo iban a pensar los políticos, muchos de ellos vecinos de la localidad o de sus alrededores, que esto podía pasar. Cómo iban a pensar los políticos, nuestros políticos.
No han tenido ni siquiera el decoro de disfrazarlo de reivindicación. Nada de lucha por soberanías o por ocupaciones de espacios, nada de exigir un futuro más justo, nada de cambiar nada. Nada de nada, como lo que rellena sus tristes cráneos.
Los cráneos de sus papás están rellenos de dinero, competitividad, reformas de mercados arrasados por ellos mismos, negocio por encima de todo y poco más. Ante las absurdas medidas cautelares del juez de menores, de imponer a los que cumplen con esta condición la obligación de estar en sus domicilios antes de las diez de la noche, los papás han decidido recurrir. Por supuesto han alegado que sus hijos son modélicos, con un expediente académico modélico y es, a todas luces, injusto que estos querubines estén tan pronto en casa.
Mientras nuestros politiqueros estén a lo suyo, denostando y empobreciendo lo público, es decir lo de todos, estos tarambanas se sentirán con todo el derecho de destrozarlo, sean seres o enseres, para que su divertimento no acabe.
Mientras que los pilares básicos de una sociedad moderna, los verdaderos índices de riqueza, véase, la educación y la sanidad, sean el codicioso pasto de negocietes de sotanas y mercachifles, estos gansos harán de su capa un sayo.
Lo único bueno que se puede llegar a vislumbrar de los incidentes de Pozuelo es que en esta sociedad se abra un debate sobre qué hacer para remediar esta degradación, dejando de lado las medidas populistas que, como por ejemplo doña Espe, se antojan oportunistas paños calientes.
Esta sociedad necesita una profunda transformación ética que indudablemente empieza en las familias, continua en las aulas y ha de terminar en las calles de nuestras ciudades y pueblos.
Hace falta educación, respeto, cultura, solidaridad. Valores que hoy parecen estar en desuso pero que son imprescindibles y saludables. Claro está que si aquí cualquier administración escoge temario, veta asignaturas y extingue las materias de humanidades, mal vamos. Ni que decir del maltrato que recibe por parte de los brujos de la secta mayoritaria la llamada asignatura de Educación para la Ciudadanía que es sólo un asomo de los valores que debemos enseñar.
He oído comentar estos días de la falta de méritos en nuestra juventud, acostumbrada a que todo se les sea otorgado por obra y gracia de la visa, el talonario o el préstamo. ¿Ser merecedor de qué? ¿Qué ejemplo damos si hasta para ser jefe de estado basta con llevar cierto apellido? ¿Cómo van a emprender y a comprender el iniciático camino del “meritaje” aquellos que tienen como mitos y dioses a los vagos adinerados?
Conclusión: o esta sociedad llega a un pacto consigo misma y es capaz de enfrentarse a sus errores o nos vemos abocados a que en el futuro estemos gobernados por la estulticia y la violencia. Al tiempo.
Fuera por la reyerta, fuera por la orden del desalojo del recinto ferial y por ende el fin de fiesta, lo que pasó allí lo sabemos todos. Vandalismo. Energúmenos borrachos incendiando coches de la policía local y nacional, intento de asalto a una comisaría, destrozos de mobiliario urbano, etc.….
Lo llamativo, que no sorprendente, es que estos angelitos, en su mayoría provienen de familias acomodadas cuando no adineradas, estos rufianes de ropa de marca son los futuros cachorros que formarán la flor y nata económica, política y legal de este país. Ha cogido por sorpresa a las autoridades lo allí ocurrido. Cómo iban a pensar los políticos, muchos de ellos vecinos de la localidad o de sus alrededores, que esto podía pasar. Cómo iban a pensar los políticos, nuestros políticos.
No han tenido ni siquiera el decoro de disfrazarlo de reivindicación. Nada de lucha por soberanías o por ocupaciones de espacios, nada de exigir un futuro más justo, nada de cambiar nada. Nada de nada, como lo que rellena sus tristes cráneos.
Los cráneos de sus papás están rellenos de dinero, competitividad, reformas de mercados arrasados por ellos mismos, negocio por encima de todo y poco más. Ante las absurdas medidas cautelares del juez de menores, de imponer a los que cumplen con esta condición la obligación de estar en sus domicilios antes de las diez de la noche, los papás han decidido recurrir. Por supuesto han alegado que sus hijos son modélicos, con un expediente académico modélico y es, a todas luces, injusto que estos querubines estén tan pronto en casa.
Mientras nuestros politiqueros estén a lo suyo, denostando y empobreciendo lo público, es decir lo de todos, estos tarambanas se sentirán con todo el derecho de destrozarlo, sean seres o enseres, para que su divertimento no acabe.
Mientras que los pilares básicos de una sociedad moderna, los verdaderos índices de riqueza, véase, la educación y la sanidad, sean el codicioso pasto de negocietes de sotanas y mercachifles, estos gansos harán de su capa un sayo.
Lo único bueno que se puede llegar a vislumbrar de los incidentes de Pozuelo es que en esta sociedad se abra un debate sobre qué hacer para remediar esta degradación, dejando de lado las medidas populistas que, como por ejemplo doña Espe, se antojan oportunistas paños calientes.
Esta sociedad necesita una profunda transformación ética que indudablemente empieza en las familias, continua en las aulas y ha de terminar en las calles de nuestras ciudades y pueblos.
Hace falta educación, respeto, cultura, solidaridad. Valores que hoy parecen estar en desuso pero que son imprescindibles y saludables. Claro está que si aquí cualquier administración escoge temario, veta asignaturas y extingue las materias de humanidades, mal vamos. Ni que decir del maltrato que recibe por parte de los brujos de la secta mayoritaria la llamada asignatura de Educación para la Ciudadanía que es sólo un asomo de los valores que debemos enseñar.
He oído comentar estos días de la falta de méritos en nuestra juventud, acostumbrada a que todo se les sea otorgado por obra y gracia de la visa, el talonario o el préstamo. ¿Ser merecedor de qué? ¿Qué ejemplo damos si hasta para ser jefe de estado basta con llevar cierto apellido? ¿Cómo van a emprender y a comprender el iniciático camino del “meritaje” aquellos que tienen como mitos y dioses a los vagos adinerados?
Conclusión: o esta sociedad llega a un pacto consigo misma y es capaz de enfrentarse a sus errores o nos vemos abocados a que en el futuro estemos gobernados por la estulticia y la violencia. Al tiempo.