
Parece ser que el mes de julio es históricamente convulso. El de este año empezó con la felonía que a finales de junio perpetraba un payaso sin escrúpulos al servicio de la oligarquía histórica. El saltimbanqui de los poderosos se escuda en el orden y la ley para que su mediocre persona alcance algo de protagonismo. El tiralevitas de la añeja clase dominante anda haciendo el pino para mantenerse en el machito. Le va a ser difícil, la razón tarde o temprano se impondrá y hoy por hoy ya no goza de la histórica ayuda exterior, de la que gozaron varios de sus antecesores. Tan sólo algún trasnochado ripioso con ínfulas papales y algún que otro fascistilla de medio pelo le hacen el caldo gordo. Aunque al comienzo pudo parecer un problema doméstico, al final resulto ser una traición al espíritu de libertad que poco tiempo atrás se alcanzaba y celebraba todo el mundo. Con ésta actitud ha envenenado a toda una comunidad ansiosa de fraternidad y de igualdad. Al final, sólo y aislado, el sordo traidor tendrá que renunciar a sus prebendas y reconocer sus limitaciones. A fin de cuentas está condenado a abandonar.
Espero que en este mes de julio la situación en Honduras vuelva a la normalidad democrática y al respeto de la voluntad popular. Las leyes no pueden hacerse blindadas así mismas de tal suerte que sean intocables, sin enmienda posible, por encima de los hombres. Es al revés.
Después de este urgente mensaje al Sur, reflexiono y pienso que los meses de julio nos han dejado golpes de estado chapuceros que se transformaron en guerras primero y en largas “paces” después para castigo de varias generaciones. Pero también nos trajeron rebeldía a raudales cuando unos cuantos jovenzuelos se lanzaba contra los cuarteles de la dictadura, allá, en la perla de las Antillas. Un día 14, de un mes de julio, el pueblo de París tomaba la cárcel al asalto y provocaba uno de los mayores cambios, si no el mayor, en el orden mundial. Todo esto son acontecimientos que en mayor o menor intensidad también han influido en mi vida.
En el mes de julio de hace cincuenta años pasaron cosas que han afectado mucho a mi vida, demasiado. El día 16 de aquel mes se casaron los padres de Natalia. Gracias a aquella boda y a su afán por engendrar y traer criaturas a este mundo nació la quinta de su estirpe, y a la larga mi compañera sentimental. Lo hemos celebrado el día 25, justo el día en que cincuenta años antes quedaría marcada para siempre mi futura existencia. Por mi incompetencia con respecto a lo que a ubicuidad se refiere y por una impostada generosidad por parte de mi hermana, al final asistí en Cantabria a la celebración de la renovación de los votos matrimoniales. El cura oficiante se obstinó en recordarles que las bodas de oro tienen algo de fin de meta, de obligada satisfacción por haber llegado. A partir de ese momento se debe celebrar la existencia, si no cada día, sí cada semana, añado yo. Fue divertido, tuvo mucho de entrañable y al final fueron felices y comieron langosta en vez de perdices.
También un 12 de julio nació el pequeño de los Pinto. Entonces llegó con pelo. Hoy es mi entrañable Calvo, mi Titi, mi hermano. Pero también nace los 9 de octubre y se queda tan ancho.
Pero el mayor acontecimiento ocurrido durante un mes de julio, en que yo todavía no era, no había nacido, pero el que más me ha afectado, es el nacimiento de mi hermana. Hace medio siglo venía a este mundo hermosa, en todas sus acepciones, y rubita, según lo cuenta nuestra madre. Desde muy temprana edad, por ser fantasiosa y embustera tuvo sus más y sus menos con nuestro padre ¡Qué suerte y qué envidia! Pero yo empiezo a verla en mi memoria cuando en nuestras vidas empezó el imperio del gris, la infancia dolida.
La veo y la recuerdo ayudándome ante aquella cotidiana montaña de varios colchones que en nuestro exilio de Valladolid había que escalar a la hora de dormir. La veo y la recuerdo invitándome al rezo baja la manta, pidiéndole a Dios por papá. La recuerdo encarándose gallarda, rayana a la chulería, ante el improperio de nuestra tía o nuestra abuela por la ausencia de nuestra madre, la auténtica heroína.
La veo y la recuerdo protestando enérgicamente hasta el pataleo en la portería del “cálido nido de mi niñez” para que no fuera ni tan cálido, ni tan nido, ni tan duro para mi niñez. Al final logró, a sus escasísimos once años, vencer las reticencias de aquellos adultos y lograr que no fuera un interno más en aquel Orfanato. Y es por eso que la recuerdo con su falda tableada del uniforme a cuadros, botas de Kung Fu, bajando aquella cuesta para llevarme a mi verdadero nido, en ocasiones cálido y en otras frío.
La veo y la recuerdo en sus primeros cigarrillos, en su primera copa larga, aquel San Francisco, en su primer beso o en su primera canción protesta, siempre cargando conmigo.
La veo y la recuerdo, ya junto al Calvo proporcionándome caprichos y consuelos, consejos y protección en una convulsa adolescencia que se me prorrogó al infinito. La he visto proteger a mi descendencia como suya y a toda su familia con alma de matrona de un selecto y escogidísimo clan.
La he visto crecerse en la adversidad, vencer en todas las batallas que ha librado contra su cuerpo de guirlache traidor. Valiente, temeraria a veces hasta la inconsciencia, sólo la he visto tiritar cuando al Calvo le da por hacer tontunas cardiacas.
En fin, has cumplido cincuenta y yo no estaba ¡Lo siento tanto! Tampoco estuve cuando naciste y sin embargo ya marcaste mi vida. Te quiero, como a veces te odio en ese chispazo de tiempo cuando un rencor infantil me invade por tus abusos de mayor. Te quiero sin elección. En tu caso nunca la tuve, eres mi hermana. No confundas mi pequeño homenaje con un panegírico adulador que busca tu perdón. Ya lo tenía. Lo sé.
¡Qué convulso es el mes de julio!
Dice mi amigo Luis que el conoce a unas gemelas que echan pestes cuando hablan de septiembre.