
Aquel cura de manos huesudas, entecas, de dedos larguísimos y piel blanca, casi mortecina, nos hablaba del pecado original. Luego nos hablaba de Jesús, que vino a la tierra para morir envilecido y así librarnos de él, del pecado original. Ni él ni nosotros habíamos cometido el desmán de la manzana. Nosotros pagábamos por ello por transmisión hereditaria. Él por mandato divino.
La culpa se nos inoculó de pequeños, pegajosa, siempre alrededor nuestro. El potentísimo ojo de Dios que lo veía todo nos hacía dudar de cualquiera de nuestros actos. Sólo los más descreídos eran algo traviesos. Además del ojo de Dios estaban los de nuestros difuntos que, como no podíamos imaginar que fuera de otra manera, vigilaban desde el cielo todos nuestros actos.
Ahora, ya talludito, procuro no darle mucha tarea a Dios, por ejemplo no robo ni mato, nunca lo hice. Cometo los mínimos actos impuros, y blasfemo sin intención alguna de ofender al trío celestial. La gula si que a veces me degrada, junto al alcohol. Cada vez menos hago uso de estupefacientes ilegales y más de los legales. De la envidia huyo raudo y procuro no confundirla con la admiración, que es eso que llaman algunos la envidia sana. De la avaricia poco, soy un aficionado manirroto. La mentira sólo la uso para salvaguardar la integridad y mi trabajo. La soberbia me parece chabacana y en la lujuria empiezo, si no lo he sido siempre, a ser patoso. Ahora se me van los ojos tras las nalgas de las jovencitas, algunas menores que podrían ser mis hijas y entonces aparece la culpa, sola o en compañía de mi mujer. También con las indigestiones y con las resacas aparece.
Tengo alguna relación con la ira y la pereza. La primera me desborda y es la peor proveedora de mi culpabilidad. La segunda es una suerte de amante que mantengo más por amistad que por atracción mutua. Algo así como esos vejetes que sostienen a sus querindongas más por inercia que por su utilidad.
Me reconcome descubrirme en mis pequeñas mezquindades, pequeñas, a las grandes no llego. A veces me descubro comiéndome el último trozo de un platillo compartido o abroncando a mi pareja cuando por sistema siempre me pide un traguito de mi bebida. Luego siento la culpa, no por la negación, sino por descubrirme un punto de ruindad. De igual forma la sentía cuando disimulaba para no ceder mi asiento en el transporte público. Ahora siempre que lo utilizo, poco, viajo de pie por sistema.
Ni que decir tiene que mi machismo residual también me crea este complejo. Cuando transformado en endiablado chófer arremeto con mi claxon contra cualquier dama que considero que ha ofendido mi excelencia de conductor. Pasado unos instantes suelo mortificarme por mi incívica conducta.
Observo a las nuevas generaciones y se me antojan menos atormentadas por la culpabilidad y, aunque en ocasiones me parecen mequetrefes egoístas, me siento orgulloso de no haber intervenido en el envenenamiento de su existencia con la maldita culpa. O pienso estas cosas para no sentirme culpable.
Al igual que el cura que nos introducía con maestría sacerdotal en el tenebroso y angustioso mundo de la culpabilidad hay seglares doctos en la materia. El chantaje sentimental hizo estragos en mi adolescencia y juventud y tengo culpas eternas heredadas de aquellas épocas. Provocaron en mí desazones descomunales, pero a fuerza de ser sincero me consta que tampoco yo era torpe en su uso. Así pues, y como según escribo esto me siento culpable por ello, aprovecho para pedir disculpas y aliviar mí conciencia.
Con el tiempo he perdido el pudor ante lo llamado políticamente correcto. Procuro ser pragmático. ¡Pero ay de cuando ya no aguanto al felón con sus tontunas! O cuando me intentan imponer doctrinas y recuerdos espurios. Armado siempre de la palabra mediante las teclas entro sin ningún complejo en un virtual cuerpo a cuerpo.
La culpa era y es una angustia en el pecho, en la mente es el preludio de la paranoia. Todo o casi todo era y es pecado. Lo único es que por fin el dogma y todas esas zarandajas me la traen floja.
No quiero engañarme, soy culpable, somos culpables, hasta que no se demuestre lo contrario.
La culpa se nos inoculó de pequeños, pegajosa, siempre alrededor nuestro. El potentísimo ojo de Dios que lo veía todo nos hacía dudar de cualquiera de nuestros actos. Sólo los más descreídos eran algo traviesos. Además del ojo de Dios estaban los de nuestros difuntos que, como no podíamos imaginar que fuera de otra manera, vigilaban desde el cielo todos nuestros actos.
Ahora, ya talludito, procuro no darle mucha tarea a Dios, por ejemplo no robo ni mato, nunca lo hice. Cometo los mínimos actos impuros, y blasfemo sin intención alguna de ofender al trío celestial. La gula si que a veces me degrada, junto al alcohol. Cada vez menos hago uso de estupefacientes ilegales y más de los legales. De la envidia huyo raudo y procuro no confundirla con la admiración, que es eso que llaman algunos la envidia sana. De la avaricia poco, soy un aficionado manirroto. La mentira sólo la uso para salvaguardar la integridad y mi trabajo. La soberbia me parece chabacana y en la lujuria empiezo, si no lo he sido siempre, a ser patoso. Ahora se me van los ojos tras las nalgas de las jovencitas, algunas menores que podrían ser mis hijas y entonces aparece la culpa, sola o en compañía de mi mujer. También con las indigestiones y con las resacas aparece.
Tengo alguna relación con la ira y la pereza. La primera me desborda y es la peor proveedora de mi culpabilidad. La segunda es una suerte de amante que mantengo más por amistad que por atracción mutua. Algo así como esos vejetes que sostienen a sus querindongas más por inercia que por su utilidad.
Me reconcome descubrirme en mis pequeñas mezquindades, pequeñas, a las grandes no llego. A veces me descubro comiéndome el último trozo de un platillo compartido o abroncando a mi pareja cuando por sistema siempre me pide un traguito de mi bebida. Luego siento la culpa, no por la negación, sino por descubrirme un punto de ruindad. De igual forma la sentía cuando disimulaba para no ceder mi asiento en el transporte público. Ahora siempre que lo utilizo, poco, viajo de pie por sistema.
Ni que decir tiene que mi machismo residual también me crea este complejo. Cuando transformado en endiablado chófer arremeto con mi claxon contra cualquier dama que considero que ha ofendido mi excelencia de conductor. Pasado unos instantes suelo mortificarme por mi incívica conducta.
Observo a las nuevas generaciones y se me antojan menos atormentadas por la culpabilidad y, aunque en ocasiones me parecen mequetrefes egoístas, me siento orgulloso de no haber intervenido en el envenenamiento de su existencia con la maldita culpa. O pienso estas cosas para no sentirme culpable.
Al igual que el cura que nos introducía con maestría sacerdotal en el tenebroso y angustioso mundo de la culpabilidad hay seglares doctos en la materia. El chantaje sentimental hizo estragos en mi adolescencia y juventud y tengo culpas eternas heredadas de aquellas épocas. Provocaron en mí desazones descomunales, pero a fuerza de ser sincero me consta que tampoco yo era torpe en su uso. Así pues, y como según escribo esto me siento culpable por ello, aprovecho para pedir disculpas y aliviar mí conciencia.
Con el tiempo he perdido el pudor ante lo llamado políticamente correcto. Procuro ser pragmático. ¡Pero ay de cuando ya no aguanto al felón con sus tontunas! O cuando me intentan imponer doctrinas y recuerdos espurios. Armado siempre de la palabra mediante las teclas entro sin ningún complejo en un virtual cuerpo a cuerpo.
La culpa era y es una angustia en el pecho, en la mente es el preludio de la paranoia. Todo o casi todo era y es pecado. Lo único es que por fin el dogma y todas esas zarandajas me la traen floja.
No quiero engañarme, soy culpable, somos culpables, hasta que no se demuestre lo contrario.