
“Madrid, 12 de abril de 1.974.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. No veas lo feliz que soy, Pedro es encantador y por fin le ha salido ese trabajo que te comenté. Espero que con lo que ahora vaya a ganar y lo poco que gano yo en la oficina podamos por fin casarnos. El sábado pasado estuvimos viendo pisos en Móstoles, queda un poco lejos pero es lo más accesible que, por ahora, hemos visto……”
Levantó la vista de aquel papel cuadriculado y miró hacia al techo para absorber el agüilla que manaba de su nariz. Miró de reojo a aquella anciana, de aspecto liviano y ojos permanentemente acuosos que le recordaban a los de un pez y que permanecía inmóvil recostada en el sofá. Volvió a centrar la vista en el interior de aquella lata de galletas. Eligió otra carta, el papel era similar y la letra, como la de la anterior, era redonda y clara.
“Madrid, 17 de julio de 1.977.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. Ya hemos llegado de Lanzarote, y lo hemos pasado estupendamente y Pedro ha estado la mar de divertido y atento. Nos han encantado los Jameos del Agua y el Mirador del Río.
¡Qué guapa ibas el día de la boda! Espero que te lo pasaras bien. Por mi parte ……”
Volvió a mirar a la anciana. Repasó con la vista aquella habitación que en su infancia la acogió en multitud de ocasiones. Miró los muebles, el descolorido papel pintado de las paredes y todo se le antojó raro y extraño. Del otro lado del tabique le llegaban los murmullos y las voces quedas. Siguió repasando los amarillentos sobres de la lata de galletas.
“Madrid, 24 de junio de 1.978.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. Nunca podré agradecerte lo suficiente que te quedaras conmigo estas dos semanas. La niña sigue cogiendo peso y está guapísima. Dice la madre de Pedro que es igual a él cuando era pequeño. Yo creo que no……”
Tomó conciencia de que esa niña era ella. Volvió a mirar a su abuela, su pelo cano, sus horquillas que, en las estadías veraniegas, antes de que ella también viniera a Madrid, fueron sus juguetes preferidos. Luego su mirada se posó en aquellas orejas dadas de sí por el paso del tiempo y no por el peso de los pendientes como le respondía en broma cuando la preguntaba.
“Madrid, 19 de noviembre de 1.981.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. La fábrica donde trabaja Pedro, bueno, trabajaba, ha cerrado. No se encuentra muy animado y no sabe cuando le van a pagar la indemnización. Le he planteado la posibilidad de volver a trabajar y se ha enfadado muchísimo, me ha dicho cosas pavorosas y me ha asustado….”
Según leía creyó descubrir cuando empezó todo. Cuando empezaron los gritos, los portazos, las malas contestaciones. Miró y descubrió el brillo de las lágrimas que desde los cansados y rojos ojos se deslizaban por la piel acanalada de su abuela.
“Madrid, 22 de febrero de 1.988.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. Ayer no pude decirte por teléfono lo que hora te comento, me vigila a todas horas y nos tiene prohibido a la niña y a mí que lo utilicemos, que gastamos mucho dice. Más gasta él todas las noches en el bar. Además se ha vuelto a quedar en el paro, se le ha acabado el contrato. El otro día le planteé la separación y me levantó la mano. Por un lado me da pena pero esto es un sin vivir. ….”
¿Estás bien? ¿Quieres qué te traiga algo? Interrogó a su abuela. La anciana negó con la cabeza mientras suspiraba. Siguió rebuscando en la lata como si en sus profundidades se encontrara la resolución de algún misterio. Detrás de las fotos con los bordes dentados, con personas que no conocía, descubrió una carta en papel azul claro, de letra alargada.
“Zamora, 26 de enero de 1.993.
Estimada Pili:
Me dio mucha alegría recibir tu carta después de tanto tiempo aunque fuera para contarme lo triste de tu matrimonio. No sé como podría ayudarte, sólo puedo decirte que el matrimonio para mí es sagrado y que tiene sus sinsabores….”
Sonrió con amargura, tragó saliva antes de que las lágrimas volvieran a inundar sus ojos.
"Seguramente con la ayuda de Dios salgas de este bache.
Tuya que te estima.
Goyi.”
Se encontró con el parte de defunción de su padre, con las cartas que ella enviaba desde Londres. Su abuela se había quedado dormida transida por el dolor. Bromeó consigo misma y con el recién estrenado fantasma cuando pensó que la vida de su madre era una lata y su muerte una urna de yeso y arena.
Entró en el salón donde estaban los enlutados familiares y amigos. Recibió pésames y condolencias. Escuchó a alguien decir no somos nadie, oyó a su tío como le decía mientras la abrazaba que fue una buena mujer, escuchó ánimos, la vida sigue y recibió besos en silencio.
Le llamó la atención aquella elegante señora que se acercaba. Hola, lo siento muchísimo. La miró con extrañeza. Soy Goyi, fui muy amiga de tu madre. Siguió mirándola con más extrañeza mientras asentía con la cabeza. Por fin estará con tu padre, la oyó decir, ¡con lo que se querían! No pudo más, bajó la vista y sintió un cansancio añejo, de años y años. Tomó distancia, negó con la cabeza, negó con las manos, sintió que el aire le faltaba en el pecho y al fin pudo gritar con todas sus fuerzas: ¡No, coño, no!
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. No veas lo feliz que soy, Pedro es encantador y por fin le ha salido ese trabajo que te comenté. Espero que con lo que ahora vaya a ganar y lo poco que gano yo en la oficina podamos por fin casarnos. El sábado pasado estuvimos viendo pisos en Móstoles, queda un poco lejos pero es lo más accesible que, por ahora, hemos visto……”
Levantó la vista de aquel papel cuadriculado y miró hacia al techo para absorber el agüilla que manaba de su nariz. Miró de reojo a aquella anciana, de aspecto liviano y ojos permanentemente acuosos que le recordaban a los de un pez y que permanecía inmóvil recostada en el sofá. Volvió a centrar la vista en el interior de aquella lata de galletas. Eligió otra carta, el papel era similar y la letra, como la de la anterior, era redonda y clara.
“Madrid, 17 de julio de 1.977.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. Ya hemos llegado de Lanzarote, y lo hemos pasado estupendamente y Pedro ha estado la mar de divertido y atento. Nos han encantado los Jameos del Agua y el Mirador del Río.
¡Qué guapa ibas el día de la boda! Espero que te lo pasaras bien. Por mi parte ……”
Volvió a mirar a la anciana. Repasó con la vista aquella habitación que en su infancia la acogió en multitud de ocasiones. Miró los muebles, el descolorido papel pintado de las paredes y todo se le antojó raro y extraño. Del otro lado del tabique le llegaban los murmullos y las voces quedas. Siguió repasando los amarillentos sobres de la lata de galletas.
“Madrid, 24 de junio de 1.978.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. Nunca podré agradecerte lo suficiente que te quedaras conmigo estas dos semanas. La niña sigue cogiendo peso y está guapísima. Dice la madre de Pedro que es igual a él cuando era pequeño. Yo creo que no……”
Tomó conciencia de que esa niña era ella. Volvió a mirar a su abuela, su pelo cano, sus horquillas que, en las estadías veraniegas, antes de que ella también viniera a Madrid, fueron sus juguetes preferidos. Luego su mirada se posó en aquellas orejas dadas de sí por el paso del tiempo y no por el peso de los pendientes como le respondía en broma cuando la preguntaba.
“Madrid, 19 de noviembre de 1.981.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. La fábrica donde trabaja Pedro, bueno, trabajaba, ha cerrado. No se encuentra muy animado y no sabe cuando le van a pagar la indemnización. Le he planteado la posibilidad de volver a trabajar y se ha enfadado muchísimo, me ha dicho cosas pavorosas y me ha asustado….”
Según leía creyó descubrir cuando empezó todo. Cuando empezaron los gritos, los portazos, las malas contestaciones. Miró y descubrió el brillo de las lágrimas que desde los cansados y rojos ojos se deslizaban por la piel acanalada de su abuela.
“Madrid, 22 de febrero de 1.988.
Querida mamá:
Espero que al recibir ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios. Ayer no pude decirte por teléfono lo que hora te comento, me vigila a todas horas y nos tiene prohibido a la niña y a mí que lo utilicemos, que gastamos mucho dice. Más gasta él todas las noches en el bar. Además se ha vuelto a quedar en el paro, se le ha acabado el contrato. El otro día le planteé la separación y me levantó la mano. Por un lado me da pena pero esto es un sin vivir. ….”
¿Estás bien? ¿Quieres qué te traiga algo? Interrogó a su abuela. La anciana negó con la cabeza mientras suspiraba. Siguió rebuscando en la lata como si en sus profundidades se encontrara la resolución de algún misterio. Detrás de las fotos con los bordes dentados, con personas que no conocía, descubrió una carta en papel azul claro, de letra alargada.
“Zamora, 26 de enero de 1.993.
Estimada Pili:
Me dio mucha alegría recibir tu carta después de tanto tiempo aunque fuera para contarme lo triste de tu matrimonio. No sé como podría ayudarte, sólo puedo decirte que el matrimonio para mí es sagrado y que tiene sus sinsabores….”
Sonrió con amargura, tragó saliva antes de que las lágrimas volvieran a inundar sus ojos.
"Seguramente con la ayuda de Dios salgas de este bache.
Tuya que te estima.
Goyi.”
Se encontró con el parte de defunción de su padre, con las cartas que ella enviaba desde Londres. Su abuela se había quedado dormida transida por el dolor. Bromeó consigo misma y con el recién estrenado fantasma cuando pensó que la vida de su madre era una lata y su muerte una urna de yeso y arena.
Entró en el salón donde estaban los enlutados familiares y amigos. Recibió pésames y condolencias. Escuchó a alguien decir no somos nadie, oyó a su tío como le decía mientras la abrazaba que fue una buena mujer, escuchó ánimos, la vida sigue y recibió besos en silencio.
Le llamó la atención aquella elegante señora que se acercaba. Hola, lo siento muchísimo. La miró con extrañeza. Soy Goyi, fui muy amiga de tu madre. Siguió mirándola con más extrañeza mientras asentía con la cabeza. Por fin estará con tu padre, la oyó decir, ¡con lo que se querían! No pudo más, bajó la vista y sintió un cansancio añejo, de años y años. Tomó distancia, negó con la cabeza, negó con las manos, sintió que el aire le faltaba en el pecho y al fin pudo gritar con todas sus fuerzas: ¡No, coño, no!