lunes, 1 de noviembre de 2010

MALDITO OCTUBRE



Escribir es un estado de ánimo. Octubre ha ido minando ese estado con sus primeros fríos, con su luz en fuga que el gobierno remata con el, para mí, demoledor cambio horario. Me deja octubre el estado de escribir empachado de tristeza, melancolía e indignación.

Dice un tío mío (este verdadero, no como Ricardo) que se muere gente que antes no lo hacía. El mes de octubre, entre otros, se ha llevado a Juan Carlos Arteche.
Arteche fue durante muchas temporadas una suerte de antihéroe de esa novela negra futbolística que es mi Atlético de Madrid. No voy a hablar de sus dotes deportivas, es sabido que no fue un fino estilista, pero tampoco un tuerce botas. Era un currante del fútbol, capaz de liderar un vestuario con dignidad, entrega y valentía de la que hacia gala tanto fuera como dentro de los estadios y, por lo que hemos podido saber por sus más allegados, ni el cáncer logró cambiarlo. Se enfrento al “bicho” con entereza, como se enfrentó a Gil.
Nació en Maliaño -entonces un pueblo entre el mar y las vacas y hoy devenido a una ciudad dormitorio de Santander- y fue un digno hijo de esa maravillosa tierra que es Cantabria. Quienes lo conocieron de chaval dicen que ya despuntaba, que siempre fue así, fuerte, digno y corajudo. Descansa en paz Carlos y a marcar a los rivales, estés donde estés, que es lo tuyo.

Si este país ya estaba jodido, perdido y desorientado, para terminar de rematarlo se nos ha ido Marcelino. Ciertamente ha vivido. Dura, pero bella vida la que nos ha regalado, ejemplo para cualquier humano de bien. Los hombres de esa raza que ahora se extingue, y de la que Marcelino era justo representante, fueron rebeldes y dignos. Pero algunos de ellos fueron además disciplinados.
Contaba -en una entrevista de hace ya algunos años- que todas las mañanas, en la cárcel o en libertad, en invierno o verano y frente a una ventana abierta practicaba gimnasia. Lo contaba como ejemplo de buena costumbre, pero sobre todo como disciplina para resistir. Él era así.
Acataba las decisiones colectivas por encima de sus aspiraciones individuales en aquellos tiempos del demoledor centralismo democrático -que el camarada Carrillo aplicó con poca fortuna y menor pericia- y de la desconexión entre el interior y el exilio. Más tarde llegarían los Pactos de La Moncloa, el Estatuto de los Trabajadores, la monarquía con calzador, y Marcelino, a regañadientes, pero con disciplina, volvió acatar. Así son los imprescindibles.

No abandonó el sindicato, su sindicato, cuando el ahora diputado Gutiérrez –tú también, Bruto, hijo mío- y el pívot Fidalgo, por etapas, lo iban convertido en lo que es hoy.

Renunció a su escaño y sus prebendas, renunció a la presidencia permanente del sindicato y siguió viviendo, modestamente, en el Carabanchel de mis amores. Algunos no entenderán que eso es responsabilidad, dar ejemplo y tener coherencia. Esto me trae a la memoria aquella tarde en que coincidí con el ahora diputado Gutiérrez en la cola de la caja de un supermercado del pueblo en donde trabajo; me rechinó su figura, disfrazado de jinete y acompañado de una jovencísima amazona. Le noté violento ante mi inquisitorial mirada. Es muy impactante ver a tu antiguo secretario general de esa guisa, más propia de un Martínez de Irujo que de un Gutiérrez a secas. Serán mis prejuicios de clase, pero a pesar de la impactante imagen, que resumía el ascenso de este señor, yo seguí y sigo pagando las cuotas al sindicato, con menos devoción y poco fervor, todo hay que decirlo.

Y Marcelino ha emprendido otro viaje. Como es costumbre todos los medios de comunicación, con mejor o peor estilo, le han rendido tributo. Por su capilla ardiente hemos visto desfilar a toda clase de personajes y personajillos. Especial repulsión me ha producido ver la figura de la Presidenta de la Comunidad de Madrid pasando por allí, cual modelo libérrima en pasarela, haciendo una vez más alarde de su falta de decoro. La misma que aboga por la desaparición de los sindicatos y por una ley de huelga restrictiva a más no poder. No tiene vergüenza. Todo es útil para los intereses de la bilingüe marquesa, para la más rancia de las paletas de Madrid, que, como todos los madrileños sabemos, son las peores paletas.

Ahora, Marcelino, recibes los merecidos homenajes que rara vez se te rindieron en vida. Me temo que tu muerte también es parte del espectáculo cotidiano con que nos alimentan, pero para mí y para muchos, tu vida es, me temo, ejemplo irrepetible.

¡Buen viaje Camarada!

También octubre se ha llevado a más gente apreciada y querida como Manuel Alexandre, Manolito para sus amigos. Otro resistente, pero este de la escena. Otro perdedor de aquella guerra, pero es que fueron muy pocos los que realmente la ganaron y un país entero el que la perdió. Se ha ido un cómico de los de antes.

Y para que este octubre alcanzara con holgura su condición de maldito que yo le otorgo, tuvo que aparecer el incalificable Sánchez Dragó. Bastante carnaza nos han dado los medios de comunicación con su última proeza como para meterme yo en más comentarios. Sólo puedo sentir indignación al ver que con mis impuestos se ceben cerdos como este. Puedo llegar a entender la degeneración humana dentro de la ficción literaria, en el ámbito íntimo y privado del pensamiento, pero no aguanto el jactarse y refocilarse públicamente en sus depravaciones. Este tipejo, el mismo que, según las parodias de Muchachada Nui, se hace las pajas al revés, debería estar expuesto en algún zoológico al ser un raro primate capaz de hablar con pedantería, en vez de estar llevándoselo crudo en un medio de comunicación público.

¡Maldito octubre qué ya te has ido!

P.D. Pero sólo es por lo irreparable, no creáis que todo ha sido malo. El reencuentro con mis Amigos, viendo a Ruibal o festejando lo de Puchi, no tiene precio. Ni la visita a Segovia, ni las manos de ministro, ni las cañas de los viernes, los sábados y los domingos. Tampoco tienen precio las noticias de Shangai y las pequeñas cosas que nos hacen seguir vivos. Rosita, este año llevo mejor el cambio de hora y por ti la cambiaría todos los días.

lunes, 27 de septiembre de 2010

DEDITOS



¡Qué graciosos y tiernos! Narraba el locutor que causaban furor entre la jet de Miami y de Los Ángeles y que esta moda de tenerlos como mascotas estaba llegando a Europa. Seguramente sería una moda pasajera, pero moda al fin y al cabo. Sonrosados, rollizos y ataviados con dogales brillantes, los cerditos eran el último grito, el no va más de la exclusividad. Ella seguía con embeleso las imágenes, siempre le habían gustado desde que los descubrió de pequeña en la granja de su tío. Vivarachos, sin alejarse nunca demasiado de su oronda madre, no desperdiciaba la ocasión de cogerlos en brazos.

Verlos en la televisión despertaba en ella un instinto profundo e íntimo. De inmediato le asaltó el deseo de poseer uno. Pensaba con aire distraído como lo cuidaría y la compañía que se harían mutuamente, pero en seguida le asaltaban las dudas: qué hacer con él cuando creciese, porque crecían ¡vaya qué sí crecían! Y cómo podría vivir un animal de cientos de kilos en una casa tan pequeña. Cómo mantenerlo limpio y ágil en aquel cuchitril, en aquel quinto piso sin ascensor de apenas cincuenta metros cuadrados. Seguramente los vecinos terminarían quejándose y en su barrio pasear un cerdito podía ser peligroso, tanto para la salud física como para la mental.

Las dudas no la alejaban de sus ensoñaciones y, a la par que imaginaba llevándolo en sus brazos, era capaz de verse llamándole por su nombre: Deditos. Recordaba que, cuando siendo una niña los veía corretear, pensaba que lo hacían sobre dos dedos tiesos, casi de puntillas, como pequeños bailarines de ballet.

Lo que no dejaba lugar a dudas es que no podía compartir aquel anhelo con nadie. Sí se lo contase a su marido seguramente se lo tomaría a guasa. Para él sería una ocurrencia más de su esposa, como cuando quiso hacer la colección de casas de muñecas, con sus innumerables entregas, o adoptar un gatito; siempre terminaba desanimándola, haciéndola ver la incomodidad de sus deseos, embromándola, casi ridiculizándola, hasta que ella desistía.

Al final siempre terminaba cediendo, pero por cada renuncia se producía una desazón, una pequeña e íntima frustración que se almacenaba junto a la de no tener hijos o a la de vivir más cerca de la pobreza que de la modestia.

Tampoco podría hacerlo con sus compañeras de trabajo. En los descanso o durante el almuerzo ella permanecía callada, escuchando las conversaciones de las demás. Rara vez participaba de las charlas o discusiones que, en general, les parecía demasiado agresivas. Cuando hablaban del trabajo siempre era para resaltar lo precario del sueldo y las condiciones pésimas, amén del horario que las impedía realizar otras actividades. Casi nunca hablaban de política, si acaso más de cotilleos; intercambiaban información mediante revistas viejas que dejaban en el área de descanso o hablando con encendida pasión de las cuitas y desavenencias de los personajes que llenaban las publicaciones y los programas de televisión. Aunque en esas conversaciones ocasionalmente daba su opinión o tomaba partido, nunca lo hacía cuando hablaban de hombres, pues rara era la ocasión en que no salían muy mal parados.

Fue durante una de aquellas pausas en el área de descanso, mientras una de las compañeras más jóvenes relataba entre lágrimas algo que tenía que ver “con su hombre” -aquella expresión que, entre hipos y gimoteos, dedicaba a su pareja la desengañada y desconsolada víctima, le sonó vulgar y chabacana- cuando lo vio todo claro. No fue por el dechado de penas y congojas, ni por el relato con aromas a alcohol, reproches y vagancias, sino por la sentencia que la más veterana dictó cuando acabó de oír la doméstica odisea: “son todos unos cerdos”.

Bien mirado él había engordado en los últimos años. Siempre había sido de tez muy blanca y enseguida, al exponerse al sol, su piel alcanzaba un tono rosado. Su pelo, rubio ayer, hoy era ralo, canoso y por el corte que ella misma le practicaba, puntiagudo. Nadie como él, desde que la pasión terminó de irse lenta e inexorablemente, la enternecía tanto. Repasando esos pequeños secretos, que el matrimonio alberga, la acercaban más y más a su ensoñación: sus ronquidos, que parecían pequeños gruñidos, sus pedos en el sofá que siempre despertaban la hilaridad de ambos, su forma de estirarse cada mañana, sentado sobre la cama con aire somnoliento. También las mañas y formas que buscaba para que ella le rascara la espalda en cuanto estaban juntos, alegando inexistentes sarpullidos u otras excusas banales. Todo la llevaba a la misma conclusión.

Ese día salió del trabajo pero no fue directamente a casa. Dio un rodeo y entró en la nueva tienda que unos chinos habían abierto en el barrio. Allí la vio, con sus gruesos eslabones y una placa redonda colgando de ella. Espero a que terminaran de grabarla por ambos lados y a que la envolvieran en papel de regalo. Llegó a casa emocionada, aparcó por el momento las tareas cotidianas. No se cambió de ropa e incluso se retocó coquetamente el colorete y el rímel. Dejó sobre la mesita del salón el paquete y se sentó a ver la televisión mientras esperaba a su marido.

Como de costumbre él llegó puntual, resoplando y rezongando sobre lo mucho que ya le costaba subir las escaleras. Ella le miró como nunca. Él preguntó qué que era aquello que había en la mesa y ella le dijo que un regalo, que hacía tiempo que lo había visto y que estaba muy bien de precio, advirtiéndole de esa manera que no había sido ningún dispendio. Él puso cara de asombro mientras rasgaba, con fingida ansia, el papel. Sacó del estuche la cadena de acero, miró primero a un lado y luego al otro de la placa; en el anverso el nombre de ella, Resti, en el reverso se leía Deditos. Ella le ayudo con el cierre cuando él se puso al cuello la cadena, que resaltaba, plateada, sobre su pecho canoso. Y por qué Deditos, pregunto él. Por los viejos tiempos, contestó ella, tras una estudiada pausa. Los pensamientos de él viajaron rijosos y vanidosos hacia un lúbrico pasado. Ella, mientras le abrazaba y acariciaba su escaso pelo, viajó hasta la granja de su tío.

sábado, 7 de agosto de 2010

OTRO AÑO MÁS. O NO.

Para los que nos dedicamos a eso de la contabilidad -y siempre que las aperturas y cierres coincidan con el año natural- el fin de año, nuestra peculiar nochevieja, se produce en el mes de julio. Vivimos en una suerte de dualidad temporal. No es que llevemos un retraso de siete meses en el tiempo laboral, es que nuestros años tienen en verdad diecinueve meses y convivimos en dos intervalos a la vez sin que el galimatías que ello supone nos vuelva más tarumbas de lo que ya estamos.

En realidad nuestro día a día es bastante ramplón, aburrido y hasta tedioso. Por lo general pasamos nuestra jornada pendientes de la fechas, haciendo asientos, registrando papeles, mirando cuentas de explotación, contestando a la Santa Madre Hacienda, archivando, divagando, y en los ratos ociosos entre el Internet y la ensoñación.

Por ese afán de contar y enumerar nos damos cuenta de que el tiempo se derrocha en cosas absurdas, mecánicas y baladíes. Quizás por esto y por aprovechar el dietario que cada año me regala la empresa -con su emblema grande y mayestático y mi nombre, pequeño y servicial, grabado sobre sus tapas- escribo todos los días lo que voy haciendo y lo que he hecho fuera del horario laboral, incluidos sábados y domingos. Son pequeñas reseñas, fugaces notas, casi notitas, que se alejan de cualquier imaginario de un diario. Guardo todos los dietarios desde que empecé con esta manía, hace ya unos cinco años. En ocasiones repaso los más antiguos y el resultado es deprimente, cada día se parece a otro día, cada mes es igual que cada mes de las otras agendas, y sospecho –y no es certeza por el vértigo que me produce la investigación- que los ejercicios son casi clavados entre sí, como si me dedicara a la cría de años y estos fueran, más que hermanos, clones.

Gracias a Dios -que tanto está en los grandes como en los pequeños detalles- el Presidente de Gobierno y sus colaboradores, sabedores de nuestra anodina vida, nos han buscado una posible nueva tarea, una potencial misión que puede cambiar el rumbo de mi vida. Gracias también al Ministro de Trabajo -con su triste figura y su apellido de cojonudísimo director, actor, guionista y showman- y otro señor muy triste que en la televisión intentaba explicar las excelencias y bondades de la Reforma Laboral que habían pergeñado, y perdonad la vulgaridad, pero ahora no me sale de los mismos buscar su nombre. Pues eso, que gracia a ellos, a todos los que la votaron a favor de la ley, a los que se abstuvieron –tan nacionalistas, porque no todos somos iguales según donde doblemos el lomo- y a los que votaron en contra, más por joder que por no estar de acuerdo y agradecidos por hacerles su trabajo (al final me quedo solo con Gaspar, y así se me ve el plumero) vamos a poder elevar a nuestro peculiar peritaje a la categoría de sublime arte, pues si algo lleva en la sangre un contable es el de la adulteración de balances, cuentas de explotación y otros informes más literarios y menos técnicos.

Ahora, por ese anhelo que nuestra casta porta desde tiempos inmemoriales, no sólo podremos disponer pérdidas a declarar y con ello ahorrar unos durillos a las arcas de nuestras empresas en el Impuesto sobre Sociedades. No, no sólo eso, que ya es seductor para cualquier profano, ahora podremos, con esa facilidad genética que poseemos, preverlas, por ese fervor analítico del que nos dota la naturaleza.

Y para qué, os preguntaréis, con sopor y poca intriga, ante el baldón que os estoy endilgando. Pues muy fácil, con el fin de que algunos de mis compañeros se vayan a la puta calle de una manera menos onerosa para las empresas y así librarle de pagar unos euritos a los buenos patrones, tan preocupados por España -nótese el énfasis a la hora de pronunciar el sacrosanto nombre de la patria- que por supuesto lo necesitarán mucho más que ellos (ellos, no España, no vayamos a liarnos, aunque a veces los amos no lo tenga tan claro quién son ellos y qué coño es España y qué son y para qué sirven los trabajadores).

Pero mientras el invierno llega -que con los fríos ya pondremos en práctica nuestras atávicas habilidades- nos vamos de vacaciones. Siento que lo proyectado en un principio no se lleve a término. Pero qué le vamos a hacer. Me gustaba el propósito de encontrar, profundizar, saber, pero antes de que el contable de la empresa donde trabaja mi compañera haga su inefable labor, ésta, mi pareja, se escuerna y anda baldada con escasas ganas de entregarse a la aventura.

Así que toca ir a La Tierruca pasando por mi Cádiz. Regreso a mi escogida Patria, a mi terrenal paraíso y ya me relamo entre las tortillitas de El Faro y los chicharrones de El Manteca, entre el ágape señorial del Ventorrillo y la jarra fresquita de La Marea, sin perdonar al gitano Antonio y un millón de sitios más. Comprobad que, con exagerado número y teatralidad supina, abandono mi condición de contable, al menos durante cinco días.

Y es que agosto, para los contables, es un mes de ni fu ni fa. Durante su tiempo perdemos facultades y con ello el entusiasmo por nuestro cometido. Abandonamos corbatas y chaquetas, zapatos de cordones y calcetines negros. Hacemos migas con el resto de la plantilla y damos luz verde, con una liberalidad impropia de nuestra condición, al pago de las facturas de proveedores y acreedores. Durante el reinado del octavo mes soñamos, con más énfasis si cabe, que somos lo que no somos y que un cupón o una primitiva nos ha de librar del crudo regreso.

Perdóname Kureka por transmitirte el mal. Estés donde estés, papá, contable a su vez, recuerda que en la próxima yo quiero ser artista.

¡Felices vacaciones a todos!

¡Salud!

lunes, 28 de junio de 2010

GRANADA


“No escribas acerca de mí. No lo tomes a mal, agradezco tus esfuerzos, pero, antes que tú, ya lo hicieron otros con mejor estilo y mayor pericia. Esta vez yo escribiré en ti. Con el buril de mi esencia acanalaré tu alma y tu piel. Hubo otras ocasiones en que te toque con mi belleza y volviste alegre a tu lugar. Hoy estás herido de vida y de muerte, hoy ya eres mío y de nadie, hoy ya sabes que tu destino es ser un guijarro más en cualquiera de mis cármenes.


No podrás librarte de tus recuerdos enredados en Recogidas. En ambas ocasiones te guiaba una mano femenina. La primera fue la de una niñez en escapada de carretera y manta, de un miedo cerval por el funcionamiento inesperado de la criatura que te llama padre. La segunda, madura y sosegada, la mano de la compañera, la amante y la amiga. A partir de ahora sabes que las amas, in saecula saeculorum.


No has podido beber gratis el vino de la noche y en tus noches cualquier whisky por debajo de los diez años sonará a pedofilia escocesa. No has podido retirar tus ojos de mi belleza y en la oscuridad estrellada, desde Aben Humeya, has mirado mi Alhambra con el rubor y el encantamiento de creer que son los desnudos pechos primerizos que en otro siglo te volvieron loco. Has llorado y llorarás secamente por ello y pagarás con satisfecha liberalidad el vino que, con su brumoso proceso, te llevará hasta ellos, hasta la tersa y calida piel extinguida por el tiempo.


He puesto sobre tu espalda una ínfima parte del peso de la historia, de mi historia. Te he hecho comprender, una vez más, que todo cuesta. Has pagado el óbolo debido en los lugares en que me habitan los parásitos negros, de faldones de mentira que arrastran por los suelos. Has comprobado que su memoria histórica se resume en dos columnas, sacras, pulcras, ornadas por tétricas listas pétreas con los caídos por el marxismo. No mato a aquellos la sinrazón y el odio, los mató toda una filosofía para que hoy fueran recordados, mientras sus nombres y sus rangos, dentro del escalafón eclesiástico, sujetan el coro de mi Catedral y esperan pacientemente que el odio terrenal y divino recaiga sobre sus verdugos. Ironías que yo padezco desde siglos.


Verás que el destino del hombre es yacer, putrefacto e inmóvil, sobre la piedra o bajo la tierra. Entonces has entendido que la historia también sirve para que una pareja de franceses, muy parecidos a la versión gala de Doña Croqueta y Don Pimpón, visiten La Ilustre y Real Capilla en sandalias, con impolutos calcetines blancos. No siempre la estética y la historia van de la mano.


Subirás y bajarás, siempre que la luz te acompañe, el fácil y albo laberinto de mi Albaicín y no has podido, ni podrás, dejar de reparar en la cantidad de herederos de los hippies que, más que habitarlo lo recorren, como fantasmas nuevos con estética vieja. Acompañados por famélicos perros has creído que son parte de un eterno atrezzo, junto a los tullidos, los flamencos y los pedigüeños, de la función eterna que en mi se representa.


Pero no todos podían ser anónimos y desconocidos, es difícil pasar por mí y no relacionarse, es más difícil aún que yo pase por ti y no sientas la necesidad de hablar y de comunicarte. Así has podido sentir el privilegio que te da el camarero amigo de nunca, la recepcionista que no sólo te orienta si no te previene de oscuros peligros.


Has culminado, si el viaje es conocimiento y búsqueda, con esa extraña pareja que intentan demostrar que la razón y la amistad están por encima de religiones. Él, Osama, artista y barman. Mahometano, marroquí, de Tetuán. Ella, Hanna, americana, de padres judíos rusos nacidos en una de las múltiples repúblicas asiáticas escindidas de la antigua Unión Soviética. Los dos amigos de la palabra, de la belleza y por ende de la paz. Formasteis por un momento el triangulo, irregular, de las tres grandes religiones monoteístas que un día convivieron en mí. Bebisteis, hablasteis, reísteis y la madrugada se echó encima venida desde la esperanza.


Te he ocultado mi otra cara, no te he dejado ir más allá de la frontera del Genil y del paseo de la Bomba ¡Esa cara es tan parecida a las de otros lugares, a las de otras ciudades! Tocaba singularidad.


Y de nuevo la bruma y el regreso. Has hecho extraños balances e intentas recordar cuantas veces has pronunciado la palabra crisis. Ninguna. Cuantas veces has sentido rabia, impotencia, ira, prisa. Ninguna.


Ahora sentirás las punzadas de la nostalgia, la ansiedad que produce la abstinencia del Sur y permanecerás de esta manera hasta que al fin tengas la suerte última de ser guijarro en uno de mis cármenes.”

sábado, 22 de mayo de 2010

SIN PALABRAS


Nadie recuerda ni el cuándo ni el por qué de aquella determinación que tomó mi tío Ricardo. Que en ocasiones le gustara llamar la atención no le convertía en un extravagante y que su carácter fuese variable, ciclotímico decía mi primo Eloy, el médico, no era suficiente razón para que de la noche a la mañana dejase de hablar.

Dicen que todo fue a raíz de que le abandonase mi tía Asun, pero eso no es cierto. Recuerdo que siendo chaval acompañé en varias ocasiones a mi madre a casa de mis tíos. Ellos seguían viviendo juntos y mi tío Ricardo ya llevaba tiempo con su pertinaz mutismo. La pobre tía Asun, su mujer desde hacía más de dos décadas, siempre se desahogaba con mi madre y yo era testigo de sus confidencias: “Mira que tu hermano siempre ha sido muy suyo” -clamaba con voz queda y los ojos acuosos- “pero desde que no habla no hay Dios que le entienda”.

Al final mi tía Asun, cansada de aquello en particular, o de su vulgar existencia en general, le abandonó o se fugó, como se decía por entonces, con un feriante. Éste hacía fortuna con una tómbola, en la que auxiliado con un altavoz, gritaba a los cuatro vientos de los pueblos de La Mancha y Extremadura, los encantos de la muñeca Chochona. Nunca volvimos a saber más de ella.

A mi madre le angustiaba la actitud de su hermano. Un día intentó convencer a Eloy, por entonces estudiante de medicina, para que hablase con mi tío y fuesen juntos al médico. Mi madre albergaba la esperanza de que éste hubiese dejado de hablar por problemas físicos, por una afonía o un deterioro irreparable de las cuerdas vocales. Eloy declinó de inmediato, pues ambas cosas se le antojaban inciertas, ya que mi tío era capaz de reproducir sonidos onomatopéyicos tales como risitas, para manifestar burla, o gruñidos cuando algo le molestaba.

El tío Ricardo se había ganado la vida siempre como comerciante. Su último empleo fue de vendedor en un concesionario de autos alemanes de los llamados de alta gama. Cuando entraba un potencial cliente sólo le daba la mano y respondía a sus preguntas con muecas y gestos. Había alcanzado un método de comunicación bastante sólido basado en el levantamiento de cejas, el lenguaje manual y el encogimiento de hombros. Cuando las demandas del cliente se hacían ya imposibles de atender por ese procedimiento, su compañero, el bueno de Santiago, como le denomina mi madre, se encargaba de rematar las explicaciones técnicas o la posible venta.

Evidentemente la situación no duró mucho y a pesar de las apelaciones de Santiago sobre el abandono de mi tía Asun y otros problemas, inventados o exagerados, que acuciaban a mi tío, los dueños del concesionario decidieron despedirle.

Cuando llegaron al acto de conciliación mi tío negó con la cabeza todo lo que el representante legal de la empresa alegaba para su despido, así que pasaron a la siguiente instancia. Más tarde, en el juicio, a las preguntas del juez, se encogió de hombros y acto seguido agachó la cabeza. El juez decretó el despido como improcedente, manifestando a las partes que el trabajador sólo era asaz prudente y de carácter sumiso. Entre la indemnización, el desempleo y los posteriores subsidios logró a duras penas llegar a la jubilación. Lo cierto es que, de una manera silenciosa, eso sí, no dio un palo al agua en los últimos treinta años de su vida.

Mi madre se encargaba de él, yendo un par de veces por semana a su casa. De esta manera sabía cual era su estado, ya que unas de las primeras consecuencias de la separación de mi tía fue que mi tío dio de baja el servicio de telefonía (lo hizo por escrito, como es de imaginar). También se aseguraba de que tuviera una existencia decorosa, pobre pero limpia.

Isidro, el peluquero del barrio y amigo del tío Ricardo se sentía responsable, en cierta manera, de que mi tío no pronunciara palabra. Me contó que en una ocasión le relató una anécdota atribuida a Manolete. Estaban los dos en el bar, después de cerrar el establecimiento (siempre denomina así a aquella barbería pequeña y vetusta que regentaba) cuando le empezó a hablar del matador cordobés, del que era un fiel devoto: “Mira, se cuenta que le gustaba tirarse días y días sin hablar y que un día su mozo de espadas le comentó lo a gusto que se estaba en silencio ¿sabes qué le contestó?” Mi tío, al parecer, negó con la cabeza. Isidro recuerda ese detalle como un preámbulo de lo que vendría después, como una premonición que no supo descifrar a tiempo. “Pues el matador le dijo”, y ponía una voz grave mientra imitaba el acento andaluz, “mejor se está callao”. ¡En buena hora le conté yo nada! Se quejaba amargamente el pobre Isidro.

También recuerdo la primera ocasión en que, como mi madre andaba algo pachucha, me acompañó Luis a llevarle algunas mudas limpias. Yo ya le había comentado a mi amigo como vivía mi tío Ricardo y cuales eran sus rarezas, así que no puso objeción alguna a venir conmigo, esos sí, a cambio de que yo pagara los viajes en metro. En el rato que estuvimos en su casa Luis no paró de hablar. Se estrecharon la mano después de que hiciera las presentaciones y automáticamente, tras de un gesto con la barbilla de mi tío, mi amigo empezó a departir con él – es un decir- de fútbol y de toros, pasando por la guerra civil y por supuesto las mujeres. Estoy seguro que el porro que nos fumamos en el camino que iba de la salida del metro hasta su casa ayudó, pero el caso es que yo asistí, atónito y colocado, a un espectáculo, surrealista, entre un mimo y un charlatán. Al verbo imparable de Luis mi tío Ricardo contestaba con su mejor repertorio de arqueo de cejas, encogimiento de hombros y aspavientos con las manos, acompañados en ocasiones por carcajadas e incluso algún suspiro, cuando su interlocutor mencionó a Manolete.

Podría contar mucho más sobre el tío Ricardo, pero hoy me embarga la emoción y la tristeza. Hace unos días sufrió un paro cardiaco y no sabemos si hubiera podido avisar a alguien. Lo que si sabemos es que nunca lo hubiera hecho.

Hemos asistido pocos a su entierro: mi madre, mi primo Eloy y sus padres, es decir, mis otros tíos, Isidro, que se ha venido desde Torrevieja donde vive desde que cerró el establecimiento y se jubiló, el bueno de Santiago y su actual esposa, a la que mi madre ha encontrado demasiado joven y descocada con esa minifalda impropia de un entierro, Luis y yo.

Justo cuando los enterradores cerraban la tapa del nicho, justo cuando todos nos mirábamos sin saber qué hacer, justo en ese momento, del cielo, gris y tristón, ha irrumpido en un sonoro trueno que advertía de la tormenta que iba a caer al poco tiempo y que nos calaría antes de alcanzar los coches. En ese momento mi madre ha elevado los ojos y ha dicho con gesto de hastío: “¡Qué sí, Ricardo, qué sí!”

miércoles, 7 de abril de 2010

PASADO MARZO



Entresuelo, bajo, primero, segundo, tercero y, por fin, cuarto. Olvidé que subir a casa de Luis es toda una tortura, es lo que tienen los pisos altos de los bloques de protección oficial de barrio pobre. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que subí a aquella atalaya, avejentada y algo desastrosa, donde se respira soltería y humedad mezcladas con tabaco. Por pura rutina, de forma mecánica, Luis enciende el televisor donde sale directamente un canal marginal, de barrio o de pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme. Será el embriago de las cervezas o la capacidad de hechizar que tienen los rayos catódicos lo que hace que me fije en los dos tipos, diríase que uniformados, que el aparato escupe al cuarto de estar: americana encima de sendas camisetas oscuras, pantalones de pitillo, gafas de pasta negra, y largas, a la vez que pobladas, patillas.

- Bienvenidos de nuevo a este espacio cultural. Hoy se encuentra con nosotros Jhonny Baeza Tarancón, escritor novel y apasionado de la ciencia ficción que nos va a hablar de su nuevo libro.....

Me libero durante un rato de la presentación televisiva y miro con nostalgia aquel piso que tantas noches de borrachera me refugió cundo Luis aun lucía flequillo y yo no tenía barriga. La huella de sus padres sigue estando latente por todos los rincones de la casa. Sobreviven aun multitud de objetos que, bien por respeto o bien por esa desidia que impone la nostalgia, continúan habitando repisas y estanterías. Vuelvo a mirar las fotos antiguas con sus emperifollados marcos de brillos dorados. Las figuritas de gitanillos, fray escoba y otros personajillos; souvenirs de viajes repartidos por los oscuros muebles, todo a juego con la triste luz que, en los días más soleados, entra por las ventanas que dan al patio interior.

La televisión sigue con su soliloquio procedente del diálogo de las dos figuras que, ante un decorado sobrio, continúan analizando o destripando lo que ellos denominan, con cierta pomposidad, la cultura.

- Pues si. En mi anterior ensayo denominado “Declive de la novela erótica y auge de la sinalefa en la lengua castellana” yo ya me centré en la lucha que el imaginario freudiano del pene mantiene con el hiato y viceversa....

Echo de menos la guitarra y por fin la encuentro reposando detrás de un sillón. Oculta en su funda de siempre veo que ha sido reconvertida y ahora actúa de improvisado perchero.

- ¿Sigues tocando?

Luis aparta la vista del televisor y me mira con una ceja arqueada. Sopesa la respuesta y me contesta con aire de desgana:

- No mucho. Ya sabes, entre semana este curro de mierda que me roba todo el tiempo y los “findes” entre ver a los viejos y a los colegas....La verdad es que tampoco tengo muchas ganas. Serán cosas de la edad.

Serán. Pienso, pero no se lo comento. Para qué. Le dejo con su silencio y su mirada que se pierde ante el televisor. Reflexiono sobre lo poco que le debe quedar a este tipo de cadenas con el apagón analógico. Estamos ya en marzo. No me gusta marzo. No recuerdo que me pasara nada bueno en marzo y sin embargo puedo evocar multitud de momentos tristes. Marzo es siempre el portazo con que el invierno se despide, enojado por su avidez de fríos y tinieblas.

- Inevitablemente la futurología llevada a la ficción nos hace mejores personas, individuos, seres humanos en general. En mi última novela ya expongo -con la parábola de la fusión del átomo de Ciriolo 14 con las berenjenas de Almagro- como se logra crear, mediante un fortuito escape, una raza de sabios, que enseñan no sólo a la humanidad, sino a todo el universo el sentido de la solidaridad y a ganar todos los concursos interplanetarios de poesía cilíndrica.

Definitivamente el televisado me deja perplejo. Me pregunto cómo y de qué vivirá el andoba. Dictamino que ya es hora de volver a casa y repaso mentalmente todo lo que Luis y yo hemos hablado en el periplo de bares que va desde la plaza de toros a su casa. Miro de nuevo a la funda de la guitarra que, por su rigidez, se me antoja sarcófago y supongo que contiene un instrumento momificado por el tiempo y la derrota.

Mañana es jornada laboral. Es hora de despedirse. Preparo mi mutis. Miro al reloj y Luis con desgana me acompaña hasta la puerta. Frases protocolarias, abrazos y besos de rigor. Alcanzo el primer rellano y Luis me pregunta asomado a la barandilla:

- “¡Eh chaval! ¿Cuando vas a poner algo en el blog?”

- “En cuanto pase marzo, te lo prometo.”


miércoles, 24 de febrero de 2010

DISTRAIDO.


Me distraigo. Debería concentrarme en lo importante que me proporciona esta corta vida. Debería pensar en escribir una historia: por ejemplo la del soldado que participó en multitud de batallas, que vio, durante algún tiempo, el horror de forma cotidiana y aun era capaz de sentir amor. Sentía un amor inquebrantable por la belleza y sobre todo por la vida, aunque la suya no fuera envidiable a los ojos del resto de los mortales. Debería viajar con él por un París de esperanzas y cielos grises, acabar sus días en la mesa del fondo de un imaginario bistró. Debería impregnarme de vino y de pastis y rematar su muerte añorando una llanura castellana soleada en primavera. Pero me distraigo.

Me abstraigo con el trabajo, tan necesario y tan material. Bendito maná en este desierto de la crisis, maldita maldición cainita. Cuento con afán la aséptica historia, aunque no siempre limpia, de la riqueza de otros y me olvido de tus ojos. Sufro el justiprecio y la amortización de los bienes ajenos que no se han de codiciar. Me pierdo en el laberinto de la incertidumbre, la ansiedad que provoca el retorno a la miseria sin darme cuenta de que nunca me abandonó del todo, sigue por aquí, emboscada en mis genes. Y así no veo pasar el tiempo implacable por tu figura y me apena pensarlo y pensar que a mí me pasa lo mismo. Me chivan las canas y los pelos de las orejas y de la nariz y mi desgana y mi fatiga que el tiempo ha pasado y ya no te bebo con el ansia que la sed juvenil me proporcionaba. Nos proporcionaba. Pero a veces salgo de mi abstracción y brilla la luz de tu sonrisa. Siempre estas ahí, pidiendo poco y dando mucho, para lo bueno y lo menos malo. Es terrible caer en la cuenta de que nadie nos devolverá los tiempos ganados por otros y perdidos para beneficio de los mismos. Ayer un niño me confesó que los elixires son patrañas y que los reyes magos son los abuelos, disfrazados de góticos, de reyes góticos, se entiende.

Me distraigo en las jaquecas que me producen mis torpes agudezas de recuerdos y mi madre me tala la peana. Es impúdico quejarse delante de según que gente. Privilegios de pobre vivir algo mejor que tu semejante. A mayor privilegio peor peana ¡Benditas ecuaciones “quesadianas”!

Me engatusa el hastío cotidiano y me alelo ante los pasatiempos que esta sociedad nos provee. De esta manera no viajo con aquella mujer que decidió dar cortes de manga al pasado, que se salto convencionalismos y supersticiones. Nadie dejará testimonio de su paso. O sí, si al final logro relacionarla con un soldado, ese que vivió mil batallas, de uniforme, entre Brunete y Dunkerque, de paisano, entre La Puerta del Sol y Montparnasse. El mismo que morirá siendo un proyecto de poeta y un docto borracho, olvidado en la memoria histérica de un país que no necesita pasado.

Y como siempre me tiene atolondrado el miedo al turismo en contraposición al viaje. Me atolondro y pierdo el tren que me ha de llevar de Cádiz a Shangai, de los chicharrones al arroz, del carnaval al año del tigre. Y por eso sé que llego tarde y no tomo el avión de Linares a Brooklyn haciendo escala en Caspueñas. Lo desprecio porque en Nueva York no saben de callos, entresijos y boquerones en vinagre. Antes pasar por atrevido ignorante que por miedoso.

Me entretiene el ruido de la calle, el ruido de las casas. El ruido de la mala baba, la bronca, la pobreza de melodía y acabo por no escuchar la música que ayer agitaba mi espíritu. Temo que al poner el soporte digital en vez de acordes y falsetes la voz del interprete me hable de abandonos, de lejanías y dejadez. Me da una pereza de siglos explicarle las distracciones que sufro y no quiero mendigarle canciones como mendigo besos y senos y tibiezas extinguidas. Me enfurruño como un niño: yo no beso, tú no cantas. Ni que decir tiene que no me asomo a un concierto, temo que un cañón de luz me deslumbre y una voz en off me cuente como le ha ido desde la última vez. Milito fervorosamente en la realidad y me dan ganas de gritar: ¡Vivan los servicios informativos! ¡Pónganme mil desgracias sobre la mesa!

Y como me distrae la lluvia me olvido de la esperanza. La memoria no me asiste para contarme que habrá soles y viajes, amigos y música y que al final el último pensamiento de aquel soldado, mientras apuraba su último cigarrillo, fue que valió la pena, siempre lo vale.

¡Puta lluvia de los cojones!

Y así pasan los días, las semanas, los meses y los años. Pasan como un espiral, no sé si centrípeto o centrífugo. Me la pela los espirales y sus trayectorias. La realidad se va comiendo a la fantasía y al parecer la vida es tragarse fantasías y engordar realidades hasta que seamos engullidos por la realidad última, la innombrable. Entonces ya dará igual los recuerdos de una borrachera parisina que nunca ocurrió.

¡Qué cosas pienso! Serán fruto de la distracción.