No se cena mal en el Guipuzcoa. Ubicado en el antiguo recinto ferial de la Casa de Campo de Madrid, en uno de los antiguos pabellones de la Feria del Campo, aquella que acercaba a los madrileños a las bondades rústicas, las costumbre agrícolas y ganaderas de todas las regiones de otra España, en espacio y tiempo. La misma feria que despertaba en mi madre nostalgias de infancia dura y añoranzas de terruño.
En el Guipuzcoa si decides que vas a consumir sidra sólo tienes que agenciarte un vaso apropiado que hay en una mesa supletoria enfrente de la mastodóntica barrica y servirte a discreción. Fue en uno de esos viajes cuando le vi. Atildado, seco, con el resto del naufragio de su pelo peinado hacia atrás, estirado el ralo cabello al límite de su resistencia y rematado en graciosos caracolillos que adornan su nuca.
Allí estaba, acompañado de una mujer y otra pareja, diferentes pero iguales. Él debió percibir mi mirada furibunda y desde luego escuchó el comentario que hice al llegar a mi mesa. Allí estaba, cincuentón de gimnasio, ocupando el espacio inmediato a mis espaldas, haciendo viajes para escanciar sidra, estirado, con un rictus en los labios que le confieren un aire de roedor. No pude más que sentir la rabia añeja al recordar su gestión al frente de la Consejería de Sanidad, el trato que recibió el Doctor Montes y su equipo médico, los fondos y las formas, acorazadas por un despliegue de medios informativos dóciles, mansitos e incondicionales.
Pasada la rabia inicial -y al hilo de la subida de tono que los comentarios en mi mesa se iban produciendo- pasé a la indignación. Nos acordamos del antiguo portavoz del Gobierno de Aznar que calificó de nazi al médico del hospital de Leganés. Recordamos a Urdaci, los hilillos de chapapote de Rajoy, del 11-M, y de todo lo que amenaza con volver, con su incólume revancha. El Papa en menos de un mes, Camps y los trajes, Gürtel por aquí y por allá, los sueldos de Cospedal. Tampoco nos olvidamos de la bipolaridad nacional, de La Tercera por llegar, de los indignados de este mundo que heredarán la tierra calcinada por la codicia y los botes de humo.
Analizamos, con más sidra y proyectos de gin tonic, las excusas de los desertores, los que cambian seguridad por libertad y que terminan volviendo al redil cuando les han levantado la camisa con sus artes de buenos gestores. Nuestros necesarios agentes sociales, empresarios del pelotazo, privatizadores del aire y unos sindicatos de opereta que no movilizan pero salen en las fotos.
Cuánto peor, mejor. Ni cuerpo que lo resista. El Sur aún queda lejos, más que la China, y septiembre se postula para desarrollar expedientes de regulación de empleo en oferta. Los parados son sospechosos de fraudulentos vampiros de las arcas del estado y los bienpensantes desertores entonan el “Gracias Dios mío por no haberme hecho emigrante, gitano o minusválido” en una adaptación hispánica de Baudelaire.
Me despido de la sidra y del Guipuzcoa, poco a poco, como voy haciendo con todos mis tics pequeño burgueses, con las barbas remojadas y repasando los principios del comunismo de guerra.
Los oyes. Dicen que ahora, por fin, nacerá la confianza. Nacerá en los mercados, en las empresas, poco a poco, ya verás, te instan como si tu incredulidad fuera fruto de la idiotez, como zombis llegados de la vieja vida. Hablan del mercado como si de un primo lejano se tratase o del vecino al que nunca le pedirías sal. Todo el mundo ya sabe de clasificaciones, discuten con desparpajo del diferencial de la deuda alemana como lo hacen del barça o del madrid.
Los otros, los que han sido meros comparsas del desatino universal, nos convocan a elecciones un 20 de noviembre. No me queda ya baba para que se me caiga ante tal ocurrencia, ante la enrevesada consigna y creo oír voces que me llegan desde la Puerta del Sol: “¡Qué no nos representan, qué no!”
En mi pueblo son la oposición, ahora más leal oposición que nunca y su número dos de la lista ha pactado con el eterno alcalde, a espaldas de su partido y de sus votantes, su sueldo para los cuatro próximos años. Trescientos cincuenta euros al mes, eso dicen. Al cambio actual, treinta monedas de plata en total, menos la comisión. Y ella se llama Verónica pero no presta el manto a nadie.







